Equipo técnico y artístico

Dirección:  Juan Francisco Viruega 
Ayte. de Dirección:  Maribel Armenteros 
Producción:  Maru-Jasp 
Producción Ejecutiva:  Inmaculada Calvo 
Aytes. de Producción:  José Serrano y Raquel López 
Diseño de Escenografía:  Juan Francisco Viruega 
Diseño de Iluminación:  Álvaro Martín Blanco 
Técnico de Luces:  Goyo Calvo 
Diseño de Vestuario:  María José Barta 
Figurinismo:  Mayte Royo  
Música:   Grupo Milladoiro 
Diseño Gráfico:  Mariquina Ramos y Juan Francisco Viruega. 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Reparto artístico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el manuscrito autógrafo que Federico García Lorca firmó el 19 de junio de 1936, viernes, el poeta advertía al pie de la primera página que los tres actos que comprendían su obra cumbre, La casa de Bernarda Alba, guardaban la intención de un documental fotográfico. Durante más de setenta años, el texto se ha representado universalmente en diversas lenguas y culturas, detonando su simbolismo formal y la dimensión humana de unos personajes arquetípicos, a medio camino entre el carácter figurativo y el costumbrismo español heredado de la época. Como director de escena, mi pretensión fundamental era preservar el texto original y transportar la narración a un análisis casi embrionario de sus posibilidades, descomponer su estructura dramática y la focalización de sus temas principales -opresión / libertad, autoritarismo, moral conservadora, destino trágico-, y examinar la belleza de su lenguaje para dotar a las imágenes de un carácter observacional y contemplativo, donde el ambiente plástico y sonoro de cada acto se alzara por encima de los diálogos y de los maniqueísmos convencionales. Esta búsqueda de una reproducción expresiva de la realidad a través del silencio, de la captación del tiempo real -el tiempo en escena convertido en tiempo documental y, finalmente, en tiempo argumental de la historia- ayuda a trabajar una plenitud emocional basada en lo cotidiano. Los tres actos funcionan por separado como una ventana a la que el espectador puede aproximarse como testigo de excepción, prescindiendo de las elipsis internas y de las entradas y salidas de escena injustificadas, para quedarnos con una acción envolvente que se despliega en tiempo real. En efecto, cada acto se desarrolla a lo largo de treinta minutos de acción ininterrumpida en un espacio concebido a modo de purgatorio, un lugar de limpieza y expiación de las culpas y pecados, tan asfixiante y claroscuro como los mataderos de animales o los campos de exterminio. En él, las mujeres rezan y preparan la comida, toman el té, cosen el ajuar, tienden y doblan la ropa, etc., y conforman en bloque una ordenación similar a la de una jornada corriente: mañana, tarde y noche. El carácter fotográfico del montaje rompe los márgenes del blanco y negro y se aventura a la búsqueda de un retrato en movimiento donde conviven las sombras, los reencuadres de puertas y ventanas, los fuera de campo y el influjo de una luz natural destilada, el único elemento que se desliza por las habitaciones además del silencio. La música que hace trascender la emoción a la butaca del espectador está interpretada por nueve mujeres (y actrices) que con honestidad y talento descifran una partitura compuesta de incomprensión, pudor y secretos inconfesables.